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LA CRISIS PETROLERA DEL ’73 DISPARA EL “BOOM” ACTUAL


Un parque eólico relativamente primitivo en un valle desértico de California, que la firma alemana BMW aprovecha hoy como fondo emblemático para publicitar un modelo con motor a hidrógeno. Estas instalaciones, hechas con turbinas todavía pequeñas y ruidosas, fueron una reacción ante la crisis petrolera de 1973. 

El molino multipala “tipo margarita” destinado a levantar agua de napa a la superficie, invento estadounidense que ensanchó la frontera agropecuaria en todo el mundo, tiene álabes curvos de grosor constante, equivalentes a una vela inflada por el viento. Generan empuje sin ser verdaderos perfiles alares, pero resultan una elección sensata dictada por la función y los costos, porque se hacen de chapa estampada baratísima, y el molino resultante arranca y funciona con velocidades de viento muy bajas, típicas de la mayor parte de las grandes llanuras subtropicales y templadas del mundo.

Pero para generar energía eléctrica, en cambio, se necesitan bastantes  revoluciones por minuto y rotores eficientes, de modo que resulta forzoso echar mano de ese plus de torque y velocidad angular que da la sustentación. Y en tal caso, hablamos sí o sí de perfiles alares, aspas mucho más finas y largas, con una superficie convexa y otra cóncava.

La longitud es un asunto crítico: aunque todo el largo del aspa tiene la misma velocidad angular, su velocidad lineal en metros por segundo respecto de la masa de aire que corta es mayor en proporción a su distancia respecto del eje. Dicho de otro modo, la punta es la parte más veloz. La mayor sustentación, por lo tanto, se genera lejos del eje, y por eso las turbinas tienen perfiles largos.

Pero también se los hace angostos, para disminuir la resistencia. Por todo ello, la “solidez”, o porcentaje del área circular barrida representado por las palas, es mucho menor en las turbinas que en los molinos multipala.

La primera turbina eólica con tales perfiles alares para generación eléctrica de la historia fue también un invento estadounidense de 1939, la Smith-Putnam erigida en Grandpa’s Knob, Vermont, nada chica como comienzo: 1,25 megavatios de potencia, y un diámetro de aspas de 53 metros.

 
Un multipala de más de 12 metros de diámetro proporcionando energía mecánica en una industria estadounidense.

Era una obra de arte, como diseño, y funcionaba muy bien, pero se adelantó demasiado a sus tiempos y quedó como curiosidad: en esa época la economía mundial iba saliendo del hiperabundante carbón para nutrirse del todavía subexplotado petróleo. El mundo tenía apenas 2000 millones de habitantes (menos que la suma de las poblaciones actuales de China y la India), no se conocía el efecto invernadero y la energía eléctrica era, globalmente, algo muy barato.

La primer crisis de precios del petróleo, en 1973, fue el primer aviso de que ese mundo de energía barata tenía fecha de expiración.

En medio de esa primera disparada de precios y desabastecimiento, algunos gobiernos europeos (Alemania y Dinamarca), alarmados de su extrema dependencia del Medio Oriente, decidieron subsidiar sin retaceos la fabricación de turbinas eólicas por parte de empresas, más impulsados más por el miedo a la extorsión económica que por espíritu conservacionista. Llovieron incentivos, premios y desgravaciones sobre los fabricantes.

Otro país europeo, Francia, redobló su considerable inversión nuclear de tal modo que en los ’80 ya generaba más del 75% de su electricidad en centrales nucleares. Europa, por diversas vías, trataba de curarse de su adicción al petróleo importado.

Todavía casi no se hablaba de efecto invernadero como fenómeno global. Pero la contaminación aérea urbana, efecto local de los combustibles fósiles, era enorme, de modo que los primeros aparatos eolicos en aparecer en algunas cimas y valles ventosos de California, así como en los campos y costas del Mar del Norte, fueran vistos por la población con enorme simpatía.

Una turbina de 4,5 kilovatios operando "fuera de red". Da protección catódica a instalaciones petroleras a la intemperie.
 

A pocos le importó que hicieran terribles ruidos por efectos aerodinámicos de punta de pala (el sector más veloz), y también chirridos o ronroneos de la caja multiplicadora. Tampoco hubo protestas por tener que pagar la electricidad eólica al doble o triple de precio que la generada por fuentes más convencionales. Era “progresista”.

Promediando los ’80, Europa y Estados Unidos tomaron rumbos muy distintos en materia energética, que se harían aún más divergentes después de la caída de la Unión Soviética, en 1989.

Estados Unidos coqueteó brevemente con las energías renovables entre 1973 y 1986, con un pico de 1700 megavatios eólicos instalados en California alrededor de 1985. Pero luego el país volvió a su cultura habitual de mayor importador y consumidor de petróleo de todo el planeta, tratando de asegurarse por todos los medios la provisión de crudo.

Incapaz o al menos desalentada a hacer lo mismo, Europa prefirió insistir en un rumbo que disminuyera siquiera un poco su sed de petróleo y gas importados, y reforzó sus políticas de promoción eólica. La industria local aprovechó bien esta ventana de oportunidad de más de 20 años y fue resolviendo sus muchos problemas técnicos, de materiales, de inserción en las grandes redes, y de márketing. Hizo una inversión muy fuerte.

Y los resultados fueron impresionantes.