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En muchos lugares de la estepa y la costa patagónica la
velocidad media anual del viento supera los 9 metros por segundo
y en algunos llega a los 11 e incluso 12; mientras que en la Europa
continental rara vez superan los 8 metros por segundo. Esto importa,
porque la potencia aprovechable del viento es función cúbica
de su velocidad: dicho de otro modo, al doble de velocidad corresponde
ocho veces más potencia.
Además de raudo, el viento patagónico es pertinaz: da altos “factores de capacidad”, que indican el porcentaje de tiempo anual que un equipo alcanza su performance “nominal” (toda la que indica el fabricante). Si se trata de un equipo de 10 kilovatios, por ejemplo, el factor de capacidad tal o cual lugar indica qué porcentaje del año se alcanza a generar esta potencia cuando el equipo se instala ahí.
Bien, resulta que en la Patagonia los factores de capacidad son regularmente mayores del 40 por ciento, mientras que en Europa y Estados Unidos andan entre 20 y el 30 por ciento, y eso en las mejores ubicaciones continentales.
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Todo esto explica que un molino danés, español o alemán aquí generen dos veces más electricidad anual que en origen. Nuestro recurso es increíble.
También es increíble lo poco que lo usamos. Alemania,
país poco ventoso, tiene casi 10.200 megavatios eólicos
instalados (y 60.000 puestos de trabajo generados en la industria
eólica). Siguen los EEUU, con 4400 megavatios,
y con un parque apenas inferior, en tercer lugar, ahora está
España, que además desplazó hace poco a Dinamarca del segundo puesto mundial
de exportaciones de molinos. En el año 2000, el giro económico
de toda esta industria superó los 30.000 millones de dólares.
La Argentina, país de paradojas, no llega
a los 25 megavatios instalados y sólo fabrica equipos chicos,
habiendo importando los pocos de gran porte que se ven en las
pampas bonaerenses y patagónicas. El mayor esfuerzo en
este sentido lo hicieron algunas cooperativas pioneras, como la
de Servicios de Comodoro Rivadavia, en Chubut
(11 megavatios instalados), o municipalidades como la de Pico
Truncado, en Santa Cruz (1,2 megavatios
instalados).
Aunque las mayores “granjas eólicas”
del país se han asentado respectivamente en las dos capitales
nacionales del petróleo y del gas natural, nunca se pretendió
que sustituyeran estos combustibles. Durante un tiempo Comodoro
y Truncado “cerraron números”
combinando generación térmica con
eólica. Jamás intentaron iluminar
sus ciudades a puro viento, sino usarlo para ahorrar hidrocarburos.
Pero desde la devaluación de fines del 2001 estos molinos
importados siguen debiéndose al exterior en dólares
y sólo recaudan pesos, de modo que pierden plata.
Hubo sueños mucho más ambiciosos. La provincia
de Río Negro, copropietaria de INVAP,
participó del mayor programa eólico de toda Sudamérica:
300 megavatios a instalar en diez años, con participación
de las provincias de Neuquén y Chubut, y las empresas INVAP
y ENARSA, joint venture de ENDESA
y ELECNOR de España.
Este programa, llamado Plan Estratégico
para la Patagonia, suponía empezar por
la ciudad de San Carlos de Bariloche, Río
Negro, donde los estudios están más avanzados.
En una primera etapa, se pensaba erigir ocho generadores con 5
megavatios de potencia instalada total, y en una segunda se pensaba
llegar a los 15 megavatios.
Otros sitios previstos en Río Negro eran
–siguen siendo- Viedma, San Antonio,
Gral. Conesa, Gral. Roca, Sierra
Grande, Pilcaniyeu, El Bolsón,
Choele Choel, El Cuy y la zona
del Embalse E. Ramos Mejía (Chocón).
En Neuquén los sitios seleccionados son,
entre otros, Cutral Co - Plaza Huincul, Zapala,
Piedra del Aguila, Chos Malal.
En Chubut Puerto Madryn, Pampa del Castillo,
Salamanca, Sierra Rosada, Trevelín,
Sarmiento, etc.
Pero el Plan Estratégico, como todo el
desparejo impulso eólico criollo de mitad de los ’90,
está parado desde 1998 por la recesión, y desde
2001 por la caída del peso. Antes, los generadores parecían
desalentados sólo por el incumplimiento de la Ley
Nacional de Promoción 25.019 (que premia con 1
centavo por kilovatio generado al fabricante de energía
eólica entregada en red). Algunas provincias añadieron
sus propios premios a los inversores, como la ley Provincial
4389 de Río Negro, que garantiza
medio centavo más. Pero aún con estos salvavidas,
nada alcanza a sacar de pérdidas a quien tiene en sus tobillos
el ancla de plomo de una deuda en dólares y cobra su electricidad
en pesos devaluados.
De todos modos, los problemas del rubro no son exclusivamente
locales. La industria eólica de gran escala de Alemania,
Dinamarca y España todavía
es muy dependiente de los subsidios por el alto costo de los molinos
(800 a 1200 dólares el kilovatio instalado). No por nada,
el impresionante crecimiento del 31 por ciento de esta industria
en los 5 años finales de la década de los ’90
se consiguió pagando 8 centavos de dólar por kilovatio
generado a los dueños u operadores de granjas, cuando el
estándar de mercad para otros generadores estaba entre
los 3 y 5 centavos. Y ese crecimiento se empezó a detener
ahora, cuando Europa empieza a pagar la electricidad
eólica con precios que siguen siendo “premium”,
pero que irán mermando progresivamente. Tras dos décadas
de promoción a rajatabla, esta industria tendrá
que empezar a enfrentarse al impiadoso mercado sin andador.
El alto costo de los equipos –y por lo tanto de la electricidad-,
así como de la inconstancia del recurso es común
a todas las energías llamadas “alternativas”,
como la eólica y la solar. En términos ideológicos
son muy atractivas, pero en la dura realidad diaria no siempre
hay viento o sol disponibles cuando la gente necesita electricidad,
y cuando sopla fuerte o brilla el sol no es necesariamente cuando
una red pide potencia.
Ésto se expresa en un techo para la componente eólica
que admite cualquier red eléctrica, urbana o regional,
chica o grande. Este techo se llama “factor de penetración”,
y el ingeniero Erico Spinadel, del Grupo
de Energías No Convencionales (GenCo) de la Facultad
de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires,
citado varias veces en el diario La Nación,
estima que anda en un 15 por ciento. Es la palabra creíble
de un abanderado de este tipo de generación en la Argentina,
pero uno de buenos quilates académicos y que se responsabiliza
de lo que dice ante un público calificado y crític.
Según el ingeniero Florencio Gamallo,
también del GenCo, cuando se compran muchos
equipos y uno se va acercando al límite teórido
del 15 por ciento (como parece haber sucedido en la red de Comodoro
Rivadavia), el resultado es que hay que empezar a dejar
molinos fuera de línea aunque haya viento, demanda o ambas
cosas. O se puede apelar a “plan B” y respaldar estos
molinos “sobrantes” con nueva generación térmica
(o de alguna otra fuente confiable). De otro modo, los aerogeneradores
introducen “desorden” en la red: causan variaciones
de tensión o frecuencia traducibles, para el usuario, en
lamparitas o motores eléctricos quemados. Surge entonces
el problema adicional de que los molinos más inactivos
tardarán aún más en pagar sus costos de importación.
O peor aún, para poder tener todos sus molinos “en
línea” el máximo de tiempo posible, el dueño
deberá comprar más equipos diesel u otros aparatos
térmicos para respaldarlos. De uno u otro modo estará
metido en gastos hasta el cuello.
En las redes chicas, como las de la Patagonia o algunas del interior
bonaerense, las granjas eólicas tienen entonces por techo
el factor de penetración que, insistimos, es del 15 y no
el 30 por ciento.
Pero en las redes grandes el límite es el precio: allí
las granjas deberían competir contra la generación
a gas, gas-oil, fuel-oil, hidroeléctrica y nuclear. Y el
hecho es que no son competitivas, y menos que menos con el actual
precio del gas, que fija un piso bajísimo para todo el
sistema. Si hubiera grandes granjas eólicas en la costa
bonaerense, donde los vientos son excelentes, y estuvieran inyectando
potencia en el Sistema Interconectado Nacional, tendrían
este problema: un kilovatio/hora demasiado caro. Perderían
plata. No podrían vender.
Hay modos de salir de este brete, pero por el momento son muy
futuristas. Por ejemplo, como propone el citado Spinadel, en una
Patagonia con centenares o miles de megavatios eólicos
instalados se podrían usar los excedentes de electricidad
para fabricar y exportar hidrógeno, un combustible no contaminante
que tal vez resuelva los problemas energéticos y ecológicos
más cruciales de la Humanidad. Para la Argentina y la Patagonia
sería un sueño, algo así como exportar viento.
Pero, aunque la Comunidad Europea está
por empezar varias iniciativas importantes al respecto, todavía
no existe un mercado mundial del hidrógeno
al cual venderle nada. Entre otras cosas, porque la generación,
el almacenamiento y transporte barato, compacto y seguro de este
elemento a gran escala son problemas técnicos difíciles,
aún sin resolver.
La maduración tecnológica y la creación
de grandes fábricas de molinos fue bajando el costo de
estas máquinas durante los ’80 y ’90. Pero
no lo suficiente como para que puedan dar pelea sin las muletas
de grandes subsidios contra el gas natural en la Argentina.
O el carbón en Europa. O el átomo
en todo el mundo.
En la Argentina las dificultades de crecimiento
de la energía eólica reflejan todo esta problemática
mundial, pero además tiene componentes propias: gas muy
barato, tibias y tardías leyes de promoción, recesión,
devaluación, ignorancia en los sectores dirigentes, falta
de interés del capital privado. El resultado total desalienta
al más pintado. No a nosotros.
Durante dos décadas, INVAP
invirtió en evaluación del recursos, investigación,
desarrollo y fabricación de equipos eólicos chicos,
que hoy sigue fabricando y vendiendo. Ahora está además
midiendo el viento en todas las provincias patagónicas.
También puso imaginación, energía y dinero
en participar del mayor programa eólico sudamericano, aunque
hoy esa iniciativa duerma a espera de mejores vientos.
INVAP no se endeudó ni saltó
a una pileta sin agua, pero trabajó mucho, sigue en la
trinchera y está bien posicionada.
Que los grandes proyectos eólicos se reactiven depende
de que los equipos no sean tan caros, de que se puedan fabricar
en forma mayoritariamente argentina, y de que además la
gente acepte pagar facturas subidas sin chistar, como lo hizo
en Europa durante dos décadas. En la actual crisis, no
parece lo más justo.
Que lo eólico aquí resucite también depende
de que en el mundo quienes fabrican kilovatios “sucios”
contaminando con carbono le paguen a quienes fabrican kilovatios
“limpios”, y esto a través de diversos mecanismos
que se discuten en toda conferencia internacional sobre la atmósfera.
Todo esto supone decisiones nacionales e internacionales que escapan
terminantemente a nuestro modesto quehacer. Hacemos buenos molinos,
pero no podemos cambiar la dirección del viento, y por
ahora sopla en contra.
Aún así, somos el referente tecnológico
más importante de la Patagonia, el viento
aquí seguirá soplando y lo conocemos cada vez mejor.
Cuando sea posible aprovecharlo en serio, es probable que seamos
interlocutores o socios de cualquier emprendimiento de escala.
Entre tanto, vendemos equipos chicos. Los mejores.
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