Lo que se espera de una planta nucleoeléctrica es que produzca electricidad de la forma más segura y barata que sea posible. Del CAREM, sin embargo, hay que esperar esto y más, especialmente en beneficios indirectos.
Además del costo de esos hidrocarburos (que no está precisamente en baja y sobre el cual el país carece de control), con un primer CAREM la Argentina dejaría de emitir a la atmósfera 1.000.000 toneladas de dióxido de carbono (gas de efecto invernadero), 31.000 toneladas de óxidos de azufre y 12.000 toneladas de óxidos de nitrógeno (gases precursores de lluvia ácida).
Hay más beneficios inmediatos. La construcción daría miles de puestos de trabajo transitorios, muchos de ellos de alta califica-ción. Los 40 años posteriores de operación rutinaria de la central, en cambio, insumirían 60 pues- tos fijos de trabajo aún más calificado. Y estos se duplicarían transitoriamente con las paradas programadas.
Los beneficios indirectos, sin embargo, son lo principal.
La industria argentina se quedaría con el 71% del suministro de partes y componentes de ese primer reactor CAREM. Eso con vistas a que la segunda planta tenga aún mayor participación local o regional, gracias a la aparición de nuevos proveedores calificados. El CAREM podría motorizar intercambios importantes a nivel MERCOSUR, en los cuales Brasil podría suministrar componentes críticos (como el recipiente de presión) y adquirir unidades terminadas.
La seguridad del CAREM sería superior a la de casi todo otro reactor operativo en el mundo, al menos hasta que fueran construyéndose otras propuestas de cuarta generación. Pero... ¿Y el precio?
La central en sí sería barata por su tamaño, pero no necesariamente lo sería la electricidad producida. Sucede que el kilovatio instalado nuclear tiene un precio mínimo mundial fijado por los franceses con su EPR1600, una central avanzada de tercera generación y enorme potencia (1600 megavatios), diseñada para ser construída en serie, en forma estandarizada. Ese precio ronda los 1000 dólares por kilovatio instalado.
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Un primer CAREM-25 tendría inevitablemente un precio de kilovatio instalado al menos cuatro veces superior, debido a su baja potencia y al hecho de ser un prototipo. Pero el CAREM tiene márgenes muy amplios para ir bajando este costo: al igual que el EPR, se puede fabricar “en masa”, por decenas de unidades, con componentes estandarizados.
Lo principal, sin embargo, es que al poder pasar de 25 a 150 e incluso a 300 megavatios de potencia instalada con mínimos cambios de ingeniería, la economía de escala final puede ser aún más considerable. Hay muchos diseños conceptuales de reactores de cuarta generación en todo el mundo, pero este rango de potencias del diseño CAREM sigue siendo único.
Lo fundamental de un primer CAREM, de todos modos, no será nunca el precio de los megavatios/hora que produzca, si no las posibilidades que abre de exportar alta tecnología criolla.
Con un primer reactor en funcionamiento en territorio propio, la Argentina, que ya es casi dueña del mercado de los pequeños reactores de investigación, entraría a competir en la liga mayor de la industria nuclear mundial. Allí podría asegurarse durante un tiempo en forma casi monopólica el nicho –todavía inexistente- de las centrales sencillas, baratas y de baja potencia.
Finalmente, hay otro beneficio difícil de medir en dinero, que es el cambio de “marca-país” que podría favorecer las otras exportaciones industriales de la Argentina. |
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No es lo mismo para un fabricante argentino de herramientas o de motores o de tecnología el exportar desde un país conocido únicamente por sus materias primas, que hacerlo desde otro que va adquiriendo prestigio como proveedor de centrales nucleares. El CAREM puede ser un paso crítico en un cambio de imagen internacional de la Argentina. Podría permitirnos vender más caras algunas cosas que ya exportamos, y de buena calidad.
A todo esto, ¿en qué estado está un proyecto tan estratégico para la comunidad?
La central fue presentada públicamente en 1984, y desde entonces fue copiada al menos dos veces por posibles competidores: la KAERI, organismo nuclear surcoreando, diseñó el reactor SMART y la Westinghouse el IRIS, ambos integrados, de potencia relativamente baja, y significativamente parecidos al CAREM.
En el mundo nuclear, a estos diseños se los llama “CAREM-like designs” y tienen un grado de avance conceptual menor que el criollo, al menos todavía. Eso ubica a la Argentina en el peligroso papel de referente mundial que no actúa. ¿A quién le importa, después de todo, que Henry Ford no haya diseñado el primer automóvil? Lo que cuenta es que fue el primero que lo fabricó y vendió masivamente.
El avance del CAREM, en cambio, ha sucedido de a tirones a lo largo de dos décadas. Su ventaja respecto de otros proyectos consiste en el testeo exhaustivo de sus elementos combustibles y su núcleo en ensayos de escala uno a uno, sucedidos en el reactor RA-8 y en el Laboratorio de Ensayos Termohidráulicos de la CNEA. En esto, y en rediseños sucesivos, el país lleva invertidos 30 millones de dólares.
En diciembre de 1999 fue aprobada la ley 25160 "Ley de Financiamiento para el proyecto CAREM", con el acuerdo de los bloques mayoritarios. Esta ley establece los mecanismos básicos para financiar la fase ejecutiva del Proyecto (construcción del prototipo), para la cual deberá elegirse lugar en la geografía nacional.