Area Nuclear
 
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nucleares

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Primera reparación de ATUCHA I




En 1987 y 1988, INVAP participó junto a la CNEA en la difícil reparación de la primera central de potencia de la Argentina, la CNA-1, o Atucha 1, en la provincia de Buenos Aires. Esa máquina de 357 megavatios eléctricos había sufrido daños no previstos, pero pudo volver al servicio por el 8,5 por ciento del costo de reparación ofrecido por el proveedor original del equipo descompuesto.

El daño no era menor: adentro de uno de los canales de refrigeración del núcleo, la vibración de un sensor había roto un elemento combustible. Un montón de piezas de zircaloy de las vainas rotas y las pastillas de cerámica de uranio que las rellenaban se habían derramado en el torrente del refrigerante, circulando por todo el primario.

Tales detritus no constituían en sí una amenaza para la refrigeración del núcleo, pero podían deteriorar los finos tubos de los generadores de vapor. Así las cosas, las autoridades de licenciamiento, como era su deber, pararon la central, pese a que el país entero estaba sumido en una importante crisis de falta de energía eléctrica.

Reparar Atucha I se volvió, entonces, una prioridad nacional.

El abordaje ingenieril propuesto por el proveedor de la central fue drástico: implicaba prácticamente el desmontaje del recipiente de presión, una larga salida de servicio, una considerable exposición de personal a radiaciones, y una factura final de 200 millones de dólares (para una central que, nueva, había costado sólo 400).

El abordaje que decidió la CNEA fue mucho más creativo y al mismo tiempo conservador: se decidió remover los detritus y cortar, soldar y reparar todas las roturas, y finalmente dejar obturado el canal refrigerante en el que se había roto el elemento combustible. Pero todo esto se haría “a recipiente cerrado”, trabajando a decenas de metros de distancia con herramientas telecomandadas desarrolladas “ad hoc” por la propia CNEA, por la firma TECHINT y, por supuesto, por INVAP.

Fue una decisión de peso. En 1987 sencillamente no existían tales herramientas en todo el resto del mundo, porque toda la situación era insólita: Atucha I en sí era un prototipo único en el mundo (no existen otras centrales de uranio natural y recipiente de presión, salvo Atucha II, del mismo proveedor y aún en construcción). Pero además, el tipo de accidente carecía de antecedentes en la industria, era una novedad mundial. Gracias a la decisión de la CNEA, lo fue también el abordaje reparador.

La tarea se basó en el manejo a distancia de materiales radioactivos. No fue la primera experiencia de INVAP en telemanipuladores, ya que estos son típicos de las muchas “celdas calientes” construídas y exportadas por nuestra firma. Sin embargo, las herramientas diseñadas para la “cirugía mínimamente invasiva” de Atucha I fueron mucho mayores y más complejas que cualquier otro desarrollo anterior.

Las piezas a manipular eran pequeñas y frágiles, no se contaba con control visual directo de las áreas operativas sino que debían utilizarse cámaras de TV, los espacios de maniobra eran mínimos, y el medio ambiente en que operaban los sistemas, letal para cualquier organismo vivo por las altas radiaciones gamma, y sumamente dañino para casi todo aparato electrónico.

Como auditoría externa, el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) mandó inspectores para supervisar los trabajos. Estos auditores no sólo aprobaron todo lo que vieron, sino que lo llamaron “sumamente ingenioso” al entregarse la documentación final.

La Argentina se evitó un gasto de 185 millones de dólares, dado que Atucha I retornó a la red eléctrica reparada a nuevo por sólo 17 millones de dólares (valores de 1988 no actualizados). A fecha de hoy, incluso acercándose al final de su primera vida útil de 30 años, Atucha II funciona sin problemas.